HOMILÍA MISA FUNERAL de JAVIER ABAD - PROJECTE TRÈVOL (Xesco Vañó Asensio)

 

 HOMILÍA MISAFUNERAL de JAVIER ABAD CHISMOL

PROJECTE TRÈVOL

 


Queridos hermanos y hermanas, familiares y amigos de nuestros hermanos difuntos por los que estamos celebrando esta Eucaristía. Rezamos hoy por Isabel, la hija, la hermana, la madre, la amiga, la colaboradora del Trébol; y también por Javier, el hijo, el hermano, el amigo, el sacerdote, el creativo en el proyecto Trébol. Precisamente, el Proyecto Trébol ha querido celebrar esta misa para pedir por ellos, celebrar la fe con una mirada trascendente, y agradecer el testimonio de sus vidas para todos y cada uno de nosotros.

La celebración que nos convoca hoy, no pretende ser un día de tristeza, ya hace un tiempo que nuestros hermanos partieron a la casa del padre. Y aunque nunca nos vamos a acostumbrar a su ausencia, les queremos recordar pasando por el corazón todo lo que con ellos hemos vivido, sufrido y amado. Es, por tanto, una celebración de inmensa esperanza, pues confiamos desde la fe, que nuestros hermanos viven para siempre junto a Dios, y desde allí, como han hecho desde la tierra, interceden por los que todavía peregrinamos por este mundo.

En medio de la pandemia, que todavía estamos sufriendo, nos sorprendía la inesperada muerte de nuestros hermanos Isabel y Javier. Y ante esa desagradable circunstancia un mar de preguntas: ¿Qué ha ocurrido? ¿Se puede marchar de una manera tan rápida una persona tan vitalista y entregada como Javier? ¿Puede morir, tan joven, un sacerdote  con la necesidad de pastores que tiene la Iglesia? ¿Por qué ocurre esto? Y sin tener respuestas a tantas preguntas brotó en nuestro corazón, desde la fe, la esperanza en la gloriosa resurrección de Jesucristo, que nuestro hermano Javier tan bellamente fue capaz de expresar días antes de su muerte; en esos vídeos en las redes sociales que compartía con sus feligreses, con los que nos iba aproximando al misterio de Dios en el tiempo Pascual. Recuerdo días antes de su muerte verle cantar con gran pasión: “Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino, que aunque morimos no somos, carne de un ciego destino”.

También nuestra hermana Isabel después de una dura enfermedad fue llamada por Dios padre. No en entendíamos en ese momento y nos seguimos preguntando: ¿por qué tenemos que sufrir? ¿Por qué las personas que amamos se tienen que marchar tan pronto, cuando tanto queda por hacer? ¿Por qué dejar tan pronto a un hijo tan pequeño y necesitado?

Humanamente no tenemos respuestas a tantas preguntas, solo Dios conoce los misterios del ser humano. Por eso, una de las cosas más importantes que podemos hacer cuando nos reunimos para recordar y rezar por unos hermanos difuntos, es escuchar la Palabra de Dios que nos quiere iluminar en este momento, y llenar de esperanza. Y así recordar, que las razones no lo son todo, que hay un algo íntimo que no puede reducirse a fórmulas matemáticas. Lo espiritual nos ofrece la posibilidad de descubrir y desvelar secretos ocultos de la vida, que un día y Dios mediante, podremos comprender.

La Palabra de Dios que hemos escuchado viene a darnos coraje y fuerza.

San Pablo en la primera lectura nos ha recordado que la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu se nos ha dado. En la resurrección de Jesús, Cristo ha vencido a la muerte, ha vencido a las tinieblas, a la oscuridad y al pecado, y por lo tanto viene a rescatarnos. Él es nuestra esperanza, nuestro consuelo y nuestra salvación, porque ha vencido a nuestro gran enemigo que es la muerte, el sufrimiento, la tortura y la injusticia.

En cada Eucaristía, vivimos la Pascua del Señor, hoy estamos contemplando su Gloria, hoy se transforma nuestra tristeza en alegría plena. Nuestra vida cotidiana va íntimamente unida a lo que significa la muerte, cuando la muerte se convierte en el final, ésta nos lleva a la desesperación y todo se vive como un fracaso. El ser humano quiere controlarlo todo, no quiere que nada se le escape, y ante la muerte solo está la resignación o el conformismo, o la mayor tendencia de hoy que es maquillar la muerte o incluso encubrirla. Vivir como si la muerte fuera algo que nunca va a ocurrir, o como si fuera algo solo para otros y vivimos al margen de ella.

En la presencia del Señor nos damos cuenta de lo que puede obrar en nosotros, de que la muerte no es una derrota para el ser humano, que la tiniebla se puede convertir en luz, que donde hay desierto puede brotar el agua, porque nuestra fuerza está en el Señor, donde está la muerte está la victoria, porque por puro amor el agua del bautismo nos hace volver a la vida.

En el evangelio hemos escuchado el reproche de Marta, ante la muerte de su hermano Lázaro, porque Jesús no pudo asistir al sepelio. Hoy oímos las palabras del Señor también dirigidas a nuestro corazón, hoy le escuchamos decir: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, en que cree en mí, aunque haya muerto vivirá, ¿crees esto?”

Tenemos que ser crédulos y no incrédulos, salir de nuestro poderoso ego anclado en la razón para ser hombres y mujeres de fe, que no nos pase como a Santo Tomás, hasta que no tocó, no creyó, luego vinieron las lamentaciones por no fiarse, también nosotros como seres frágiles que somos, no nos acabamos de fiar, nos falta fe. Apostemos por Jesús y sepamos leer nuestra historia, y también las vidas de Isabel y Javier, desde la clave de la fe.

Viene el Señor a nuestro encuentro, a nuestros corazones, especialmente a estas madres, Isabel y Teresa, que asociadas a la Virgen María saben del sufrimiento de tener que despedir a una hija y un hijo, pero que confían que la misma alegría que sintió María cuando se encontró con su Hijo resucitado, ocurrirá cuando Dios levante de su muerte a Isabel y Javier. Mientras tanto, nos toca ser portadores de esperanza, creyendo que la tristeza y el llanto, como en María, se convertirán en alegría.

Que esta celebración, nos sirva de verdad y de corazón para que seamos mejores hijos e hijas de Dios, que demos vida al sueño salvífico de Dios con todos nosotros, es decir, que demos sentido a nuestras vidas. Que lo bueno, noble y bello que Dios ha sembrado en nosotros por medio de Isabel y Javier: en el Proyecto Trébol, en las parroquias donde Javier ha ejercido su ministerio sacerdotal, en tantos lugares donde han colaborado, nos ayude a ser testigos de sepulcro vacío, que salgamos a las calles, a las plazas, a nuestros lugares de trabajo y vacaciones, sin ningún tipo de temor y de miedo, que digamos que Nuestro Señor ha resucitado, que se cumple su palabra.

Hoy nosotros, al igual que los apóstoles, busquemos los bienes de allá arriba, pongamos nuestra esperanza en aquello que trasciende, y hoy por lo tanto estemos dispuestos a entregar nuestras vidas a Cristo. Colaborando en proyectos tan importantes en Ontinyent como el Trébol. Que escuchemos las palabras que lo cambian todo.

¡CRISTO HA RESUCITADO!¡VERDADERMENTE HA RESUCITADO! ¡ALELUYA!

Y así podamos recordar, que la resurrección de Jesús, también será la victoria sobre nuestra propia muerte.

Recordemos que estamos llamados a ser magnánimos porque soñamos con ideales nobles, nos gusta la aventura, siempre queremos más, preferimos lo “más mejor” y no lo “más cómodo”, estamos abiertos a otras formas de pensar y de vivir, nos preocupa el mundo, nos mojamos en asuntos en los que quizá no vamos a sacar ninguna ventaja material pero sí hacen mejor el mundo, nuestro pueblo Ontinyent o el lugar donde nos encontremos.

Nuestros hermanos Javier e Isabel, nos han dado ejemplo de magnanimidad en sus esfuerzos por conseguir una sociedad mejor allá donde se encontraban: sus familias, en el caso de Javier las parroquias donde ha sembrado la buena semilla del evangelio, el cariño por el proyecto Trébol que compartían, sus amistades…. Ahora nos toca a nosotros continuar este testimonio no viviendo solo para nosotros mismos sino también sirviendo a los demás, sin esperar nada a cambio.

Permitidme que termine mis palabras con una oración sobre la muerte que he encontrado en las redes sociales, escrita bellamente por nuestro querido hermano y sacerdote Javier Abad. Esta oración nos muestra claramente como entendía él a la hermana muerte. Es como si Javier hubiese conseguido, como rezamos en los salmos, ese corazón sensato que para calcular los años que Dios le regalaba.

Esta oración de Javier se la ofrecemos hoy a Dios por ambos, Javier e Isabel. Lleva por título.

La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado

Yo soy yo, vosotros sois vosotros.

Lo que somos unos para los otros seguimos siéndolo

Dadme el nombre que siempre me habéis dado. Hablad de mí como siempre lo habéis hecho. No uséis un tono diferente.

No toméis un aire solemne y triste.

Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. Rezad, sonreíd, pensad en mí.

Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido, sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra.

La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado.

¿Por qué estaría yo fuera de vuestra mente? ¿Simplemente porque estoy fuera de vuestra vista?

Os espero; No estoy lejos, sólo al otro lado del camino.

¿Veis? Todo está bien.

No lloréis si me amabais. ¡Si conocierais el don de Dios y lo que es el Cielo! ¡Si pudierais oír el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos ¡Si pudierais ver con vuestros ojos los horizontes, los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso! ¡Si por un instante pudierais contemplar como yo la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen!

Creedme: Cuando la muerte venga a romper vuestras ligaduras como ha roto las que a mí me encadenaban\ y, cuando un día que Dios ha fijado y conoce, vuestra alma venga a este Cielo en el que os ha precedido la mía, ese día volveréis a ver a aquel que os amaba y que siempre os ama, y encontraréis su corazón con todas sus ternuras purificadas.

Volveréis a verme, pero transfigurado y feliz, no ya esperando la muerte, sino avanzando con vosotros por los senderos nuevos de la Luz y de la Vida, bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar del cual nadie se saciará jamás. 

AMEN

Xesco Vañó Asensio

 

 

 

 

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