Semana XXI del Tiempo Ordinario (B-2018)

¿A QUIEN IREMOS?





Todos tenemos la tentación de fabricarnos nuestros propios dioses, de crear ídolos que se convierten en idolatría a la que pedir, a la que llorar o a la que implorar. El hombre vive en una existencia que es un misterio, el misterio de la vida, de su existencia, de su sentido, de su nacimiento y de su muerte.

¿A quién seguiremos? ¿Al único Dios verdadero que nos marca el sentido de nuestra vida o a dioses falsos fabricados por nosotros que se convierten en sucedáneos? No queremos al verdadero Dios, pero sí que queremos seres sobrenaturales, aclamaciones, queremos en definitiva esperanza, no creemos en la otra vida pero nos empeñamos en hablar con nuestros seres queridos difuntos, no creemos en Dios pero si en los astros y en la adivinación, en el fondo no creemos en nada, creemos en nuestra propia ilusión mental aquella que nos pueda dar un aliento de esperanza o de ilusión, pero todo en definitiva es vanidad si abandonamos al único y verdadero Dios.

Todo puede tener una solución y esto pasa por amar a la Iglesia, ¿y por qué a la Iglesia? Porque es la que nos marca el rumbo correcto, no por ella misma, sino por el impulso del Espíritu Santo, Cristo es la Cabeza y la Iglesia es su Cuerpo. Amamos la Iglesia no en cuanto hombres sino en cuanto voluntad del Padre, que quiso encarnarse mandado a su Hijo y creando ese puente de unión con los hombres que se da en los sacramentos por medio de la Iglesia.

La plenitud plena se nos da en la Eucaristía, en Cristo que se entrega por nosotros, él es el Pan de Vida, le necesitamos como viático, como pan para el camino. Muchos no lo quisieron seguir, no lo quisieron reconocer, negaron al verdadero Dios para caer en manos de la idolatría y de la comodidad, que sepamos optar por la verdad plena, la que nos conduce a la salvación y tiene semillas de vida eterna.

Javier Abad Chismol



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