IV SEMANA DE ADVIENTO (C-2018)


LA VENIDA INMINENTE DEL SEÑOR



En este cuarto Domingo de Adviento culmina la espera, una espera que nos llena de esperanza, una corona que ya alumbra nuestra vida, porque se ha incrementado la luz, es la luz que guía nuestros pasos y alumbra nuestra vida, necesitamos de esa luz para salir de la tiniebla.

La venida del Mesías está llena de signos que nos hacen caer en la cuenta de que el Señor está cerca, que está a la puerta. El primero de los signos es Belén, porque Miqueas anuncia que el esperado por todos nacerá en la pequeña aldea de Belén.

En Belén se demuestra la sencillez y la pequeñez que ama el Señor, nace en un lugar pobre y apartado para hacerse cercano a todos, su pequeñez demuestra su grandeza. El Mesías no nacerá en una ciudad como Jerusalén, ni nacerá en un palacio, ni siquiera en una cuna, lo hará en una cuadra, en una aldea y un pesebre.

La venida del Señor es sobre todo para obedecer al designio salvifico del Padre, es decir, cumplir la voluntad de Dios, no por pura complacencia, es por algo mucho más grande, es por la salvación de todos los hombres.

Descubrimos aquí el valor de María e Isabel, todo por puro amor a la voluntad de Dios, unido al significado vital de la humildad, reconociendo su pequeñez y viendo la grandeza de Dios.

Hoy también a las puertas de la navidad nos visita también el Señor a todos nosotros, naciendo en cada hogar, en cada corazón, en nuestras vidas.

Que podamos acogerlo en los tres signos que recordamos hoy; el nacimiento en Belén, la visita de María a Isabel y el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Javier Abad Chismol

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